El mundo busca a Dios.
Quizás para satisfacer el sentimiento de pequeñez, quizás para acercarse a la eternidad, tal vez para explicar la esencia del alma o, acaso, en la necesidad de nombrar lo inexplicable.
En el ecléctico transcurso de los millares de años de vida humana, siempre y en todo lugar, el hombre intentó ubicar, develar y explicar la existencia de Dios, a través de las religiones; y aunque no haya logrado exponerlo, siente la presencia de la divinidad, más o menos fuerte, en el seno de sus sociedades, y en lo profundo de las cavilaciones individuales.
Este apartado está desplegado entre vastos límites de comprensión; pero se dedica a quienes sueñan, que tras el mundo onírico y debajo de la realidad mundana, descansa la madeja de hilo con que Dios juega con el universo.